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Kiribati

Navegante

Navegante Siempre viví enamorada de la misma persona,
siempre, desde que alcanza mi memoria.
Y nunca me detuvo el estúpido hecho
de que esa persona sea inexistente.

Sufrí errores de juicio, lo confieso,
y vestí con sus ropas a maniquíes de madera.
Humildes maniquíes de madera,
buenos seres humanos,
o regulares,
o malos,
que ahora yacen casi olvidados
-casi-
en mi desván de los maniquíes de madera.

Porque ellos no eran mi amor imaginario,
ni se le parecieron realmente,
sino como un espejismo a un oasis de palmeras.
Te acercas y no hay nada: así de simple.

Ay...así de simple.
Qué putada.

Qué putada sí, pero es que
mi amor le viene a todo el mundo grande.
Hasta a mí me viene grande.

Qué putada.

Él será mi última imagen cuando muera,
mi última sensación de latido de vida,
mi torrente de endorfinas en sangre
anunciando el final del espectáculo.
Entonces le veré
como te estoy viendo a ti en este momento,
tan real y tan cerca de mis manos.

Mi amor esconde una ciudad de cúpulas de oro
en el fondo de cada uno de sus ojos.
No hay ninguna pasión que desconozca.
Ha visitado todas las estrellas.
Me cuenta historias desde dentro de mis sueños,
historias imposibles que están pasando ahora.
Navega entre las islas de Oceanía
al timón de su nave de argonauta.
Canta con voz antigua en noches boreales
estrofas que aprendió al regreso de Troya.
Y me llena de fuerza para la pelea,
porque él es mi propia fuerza.

Y tal vez me conoce o ha oído hablar de mí.

O tal vez no.

Pero yo veré sus ojos y tocaré sus manos.

En mi último segundo.

Estoy segura.

(Amelia, 25 de Enero de 2004)

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Imagen: Aurora Boreal en Abril de 2000.

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