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Kiribati
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Una Casa de Piedra

Con muros gruesos y una fila de balcones en la fachada del primer piso. Un jardín abajo, un jardín rodeado de un seto para preservar la intimidad de sus moradores, con su cartel en la verja de entrada: "Cuidado con el perro". Parapetada de granito, sólida como el sillar maestro de una catedral.
Es la casa donde transcurrió gran parte de mi infancia.
En ese primer piso de los balcones, viví con mis padres, y luego, años más tarde, pasé las vacaciones de verano con mi abuela.
Desde las ventanas traseras, se podía ver la Sierra de Guadarrama cercana. Mi abuela me contaba allí la leyenda de la Mujer Muerta, que da nombre a un grupito de montes. Una historia que no recuerdo, aunque sí el espanto que le causaba a mi imaginación infantil.
Allí pasé días felices jugando con mis primos, Luis y Jose Antonio.

Pero esto fue en la época de mi abuela Amelia, que era una persona muy,muy especial.

Antes de eso, en la época de mis padres, la cosa resulta bastante más misteriosa y legendaria.
Yo no nací en esa casa, porque nací en un hospital. Pero allí vivíamos cuando vine al mundo. De manera que su interior es la primera imagen de la realidad que guardo bajo los estratos de la memoria enterrada.
Por el entarimado de su largo corredor de madera, comencé a caminar a gatas. Sé que lo recorría de principio a fin una vez, y otra, y otra. Ida y vuelta. Al final de cada viaje estaba mi madre, en la cocina. Pero, cuando llegaba, ella me daba media vuelta y....jaja...¡otra vez a empezar!
Sé que odiaba al gato. El gato era mi enemigo natural, ya que competíamos por el dominio del corredor. Seguramente él pensaba que yo era otro animal doméstico que le quitaría la comida y el territorio. Así que me arañaba, el muy cabrón.
Yo me consolaba comiendo cositas del suelo. Pero tampoco este goce de los sentidos me duró mucho, porque mi madre se percató de mi precoz drogadicción y me puso unos calcetines en las manos, para que no anduviera hurgando en los entresijos de las tablas.
Me vengué pintando de verde la puerta de entrada, un día que los mayores se habían dejado brochas y pintura abandonadas mientras comían.
Luego encontré a mi primer amor: la muñeca Cirila. No la recuerdo tampoco, sólo es un referente de historias familiares. Eso sí: sé que era calva porque yo la rapé al cero. Bien, lo cierto es que terminó por tener un aspecto repulsivo, pero yo la amaba con la misma pasión que si hubiera sido la muñeca de porcelana con rizos de oro más preciosa del mundo. O con más, con más pasión.
En aquella época, en Collado Villalba no había agua corriente en muchas casas. En la mía no lo había.
Recuerdo los cántaros del agua de beber.
Y los viajes al río, con mi madre, a lavar la ropa.
Mi madre rompía el hielo del río con una piedra para hacer la colada. "Mariconadas las mínimas" podría ser un buen lema familiar. El problema es que, cuando comenzamos a vivir en la civilización, mi madre parecía conservar una singular nostalgia de las épocas tribales y me enseñó la manera siempre más incómoda y dura de hacer las cosas. Bueno, ese es otro tema.
Y, bien mirado, me ha servido bastante ese aprendizaje. O no, yo qué sé.

El caso es que ayer llevé a mi hija a conocer esa casa. Por fuera, claro.

A ella le fascinó. A mí también me fascina.

¿Se podrá alquilar?

Parece que no la habita nadie. Excepto el fantasma de mi abuela Amelia, claro.

Tal vez va siendo hora de un reencuentro familiar.

Y lo digo totalmente en serio, no es coña.
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2 comentarios

Kiri -

Gracias a ti por leerlas, maja.
Los lugares de la infancia están llenos de recuerdos. Visitarlos saca a flote un montón de emociones dormidas.
En esa casa estuvo mi prehistoria, mi germen. Y te aseguro que había fantasmas ya entonces. En estos últimos días, recuerdo cosas de allí con frecuencia. Es una sensación agridulce de miedo y nostalgia.
Mi infancia no fue precisamente apacible. Fue dura y extraña, pero es la única infancia que tengo.
Espero que pongas ese poema y esa foto, Bambi. Me encantan estas cosas. :)

Bambolia -

Casi sin palabras, Kiri.

En mi caso, nunca tuve la oportunidad de ver por dentro el Mas de los Clerios, el lugar, en la sierra de Gúdar, en el término municipal de Linares pero mucho más cercano a Valdelinares. Pero he oido tantas veces hablar de ella, he escuchado tantas historias que ocurrieron allí, he temblado de miedo cuando me contaban que lso maquis llegaban pidiendo comida y diciendo que no temiesen porque eran afines...

Hace años que dejó de ser de la familia por esas cosas que pasan en las que un amigo avala a otro en un negocio ganadero y todo se va al carajo. No sé de quién es ahora. El día que se quemó parte de ella, lloré. Estuve tiempo sin poder mirarla cuando pasaba por la carretera: el destrozo había dejado al aire algunas habitaciones, pintadas en azul añil, y algunas alacenas. Me dio la impresión de que estaba contemplando un desnudo indecente: la intimidad de lo que habían sido las noches, los días de parte de mi familia se podían ver, y además, en mal estado, casi en ruinas.

Uno de mis mayores sueños, por no decir el único, sería poder comprarla algún día y que el único hermano de mi abuela que aún está vivo -se llevaban más de 20 años- supiese que había entrado a formar parte, otra vez, de los suyos. Es una tontería, quizás, pero saber como posible que las tierras que él roturo y las canalizaciones que todos ellos construyeron para llevar el agua fuesen contempladas por sus ojos y por el resto de mi familia paterna como algo cercano es una de mis mayores ilusiones.

Imposible, lo sé. Porque la cifra, sino hay primivita de por medio, es inalcanzable.

Es muy hermoso eso que has contado.

Voy a ver si encuentro una foto de Los Clerios -Los Clérigos, para ser exactos- y un poema que escribí y lo subo a mi bitácora.

Gracias por contar las cosas así, :-)
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