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Kiribati

Efectivamente, la eterna Venus....

Efectivamente, la eterna Venus....

"Efectivamente, la eterna Venus (capricho, histeria, fantasía)es una de las formas seductoras del Diablo"

Pertenece al prólogo de Las Flores del Mal de Baudelaire, escrito por Enrique López Castellón.

(siguiendo la idea de la bitácora Evasivas: línea 23, quinta frase de un libro al azar)

(Imagen: fotografía de Baudelaire)

Todas las Rosas son la Misma Rosa

Todas las Rosas son la Misma Rosa

LA ÚNICA ROSA

Todas las rosas son la misma rosa,
amor, la única rosa.
Y todo queda contenido en ella,
breve imajen del mundo,
¡amor!, la única rosa.

(Juan Ramón Jiménez)

En la Estación

En la Estación

Hace tiempo, conocí a un hombre en una estación de tren. Lo recuerdo bastante atractivo. A pesar de que simpatizamos en seguida, parecía poco parlanchín. Pero yo soy, por contra, buena escuchadora.
Así que comenzó hablando de trivialidades. Y habló y habló, hasta que por fin me contó lo que vió hace años por la ventana de su cocina, desde la cual solía espiar el patio de la casa de al lado.
De vez en cuando, un hombre y una mujer se daban cita en aquel patio. Mi interlocutor los miraba a través de la pequeña espesura verde de un emparrado.
Nunca supo quiénes eran. En realidad, él sabía a ciencia cierta que en aquella casa no vivía nadie. Aquel patio parecía no tener más habitantes que los dos enamorados, que intercambiaban besos y caricias junto al estanque.
Un día, durante las horas calurosas de la siesta, los vio desnudarse e introducirse en el agua, tomados de la mano. Eran ambos muy jóvenes y bellos, dos cuerpos que no vaciló en calificar de esculturales. Tal vez los idealizaba en el recuerdo.
El hombre y la mujer solían susurrar y reir en voz baja, de modo que mi interlocutor no entendía una sola palabra de lo que se decían. Pero la ternura se percibía desde lejos en miles de pequeños gestos: inclinaciones de cabezas tocándose dulcemente, palmas de las manos abiertas hacia el cielo. Miradas inequívocas, en las que una pupila se sumergía en otra pupila, se reflejaba en ella y se reconocía en ella.
Mi interlocutor vivió unas semanas fascinado, arrebatado por aquel amor ajeno.
Puntualmente se asomaba a la ventana de la cocina, alrededor de la hora de la siesta. A veces podía verlos y a veces no. No existía pauta alguna para sus encuentros, pero él acudía fiel, cada día, con la esperanza de encontrarlos.
Mientras me lo contaba, experimenté la sensación muy vívida de que se había enamorado. Se había enamorado de aquel amor del que fue testigo. De aquellos dos amantes tan hermosos, tan ajenos a la fascinación que, sin quererlo, provocaban. Y experimenté esta sensación, porque los ojos del hombre brillaban y sus manos temblaban levemente mientras me hacía partícipe de su vivencia.
Algo tan íntimo...
De modo que, por unos breves instante, el tiempo abrió una ventana para que yo pudiera mirar. Y por ella ví a aquel hombre, que miraba, a su vez, por su ventana de la cocina. Percibí su emoción y anhelé mucho llegar a poseer un sentimiento así. Como él anhelaba el amor del que había sido espectador.
Por fin, le pregunté qué había sido de la pareja del patio.
Me respondió que, sencillamente, un día dejaron de acudir a su cita.
Y él los perdió para siempre.
Entonces, llegó su tren a la estación. El hombre subió en él y desapareció.

Tierra

Tierra

CONSEJO MORTAL

Levanta tu edificio. Planta un árbol.
Combate si eres joven. Y haz el amor, ¡ah, siempre!
Mas no olvides al fin construir con tus triunfos
lo que más necesitas: Una tumba, un refugio.

(Gabriel Celaya)

Aire

Aire

VUELO

Sólo quien ama vuela. Pero ¿quién ama tanto
que sea como el pájaro más leve y fugitivo?
Hundiendo va este odio reinante todo cuanto
quisiera remontarse directamente vivo.

Amar... Pero ¿quién ama? Volar... Pero ¿quién vuela?
Conquistaré el azul ávido de plumaje,
pero el amor, abajo siempre, se desconsuela
de no encontrar las alas que da cierto coraje.

Un ser ardiente, claro de deseos, alado,
quiso ascender, tener la libertad por nido.
Quiso olvidar que el hombre se aleja encadenado.
Donde faltaban plumas puso valor y olvido.

Iba tan alto a veces, que le resplandecía
sobre la piel el cielo, bajo la piel el ave.
Ser que te confundiste con una alondra un día,
te desplomaste otros como el granizo grave.

Ya sabes que las vidas de los demás son losas
con que tapiarte: cárceles con que tragar la tuya.
Pasa, vida, entre cuerpos, entre rejas hermosas.
A través de las rejas, libre la sangre afluya.

Triste instrumento alegre de vestir: apremiante
tubo de apetecer y respirar el fuego.
Espada devorada por el uso constante.
Cuerpo en cuyo horizonte cerrado me despliego.

No volarás. No puedes volar, cuerpo que vagas
por estas galerías donde el aire es mi nudo.
Por más que te debatas en ascender, naufragas.
No clamarás. El campo sigue desierto y mudo.

Los brazos no aletean. Son acaso una cola
que el corazón quisiera lanzar al firmamento.
La sangre se entristece de batirse sola.
Los ojos vuelven tristes de mal conocimiento.

Cada ciudad, dormida, despierta loca, exhala
un silencio de cárcel, de sueño que arde y llueve
como un élitro ronco de no poder ser ala.
El hombre yace. El cielo se eleva. El aire mueve.

(Miguel Hernández)

Agua

Agua

CASIDA DE LA MUCHACHA DORADA

La muchacha dorada
se bañaba en el agua
y el agua se doraba.

Las algas y las ramas
en sombra la asombraban
y el ruiseñor cantaba
por la muchacha blanca.

Vino la noche clara,
turbia de plata mata,
con peladas montañas
bajo la brisa parda.

La muchacha mojada
era blanca en el agua,
y el agua, llamarada.

Vino el alba sin mancha,
con mil caras de vaca,
yerta y amortajada
con heladas guirnaldas.

La muchacha de lágrimas
se bañaba entre llamas,
y el ruiseñor lloraba
con las alas quemadas.

La muchacha dorada
era una blanca garza
y el agua la doraba.

(Federico García Lorca)

Fuego

Fuego

Canciones de el alma en la íntima communicación de unión de amor de Dios

(San Juan de la Cruz)

¡O llama de amor viva,
que tiernamente hyeres
de mi alma en el más profundo centro!
pues ya no eres esquiva,
acava ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.

¡O cauterio suave!
¡O regalada llaga!
¡O mano blanda! ¡O toque delicado,
que a vida eterna save
y toda deuda paga!,
matando muerte en vida la as trocado.

¡O lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cabernas del sentido
que estava obscuro y ciego
con estraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

¡Quán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
quán delicadamente me enamoras!

.......O-O.......

.......O-O.......

Son para verte mejor.

O no.

Estoy de vacaciones toda una semana. :-))

Dolmen

Dolmen

Fue apenas ayer cuando, en la frontera de los arévacos, ví a la gran vaca blanca que porta entre sus cuernos el disco de oro del Sol.

Se me acercó tanto que pude mirarme en sus ojos, lagos oscuros en los que se reflejan todas las cosas que los hombres ignoramos, porque aún no han ocurrido.

Su hocico humeante se aproximó a mi mano, para oler el miedo en la presión del puño con el que yo sujetaba mi espada.

Creo que me compadeció, aunque no lo suficiente.

Luego las nubes cárdenas del atardecer ocultaron la montaña del Norte. LLegó desde los bosques el sonido del cuerno de mi enemigo. Surgieron, y eran tantos que no me fue posible contarlos.

-¡No me dejes!- supliqué a la vaca.

Pero ella ya se había ido.

Ahora hay una mesa de piedra en la orilla del bosque. Mi cuerpo inerte yace debajo de ella.

Muchos pájaros se cobijan aquí de la nieve en los días de invierno. Al correr de los meses, sobre el túmulo crecen prímulas y madreselvas, y repiquetean las gotas de lluvia. Después, arde la roca en el silencio del estío. Y llega el viento frío, y regresan los pájaros.

Desde lo oscuro, escucho a veces el retumbar en la tierra de los cascos de la vaca, cuando camina por el mundo buscando a algún guerrero.

Pa que no digan que si soy feminista de más y bla bla bla

Pa que no digan que si soy feminista de más y bla bla bla

MORALEJA CELTA

El joven rey Arturo fue sorprendido y apresado por el monarca del reino vecino mientras cazaba furtivamente en sus bosques. El rey pudo haberlo matado en el acto, pues tal era el castigo para quienes violaban las leyes de la propiedad, pero se conmovió ante la juventud y la simpatía de Arturo y le ofreció la libertad, siempre y cuando en el plazo de un año hallara la respuesta a una pregunta difícil.

La pregunta era: ¿Qué quiere realmente la mujer?

Semejante pregunta dejaría perplejo hasta al hombre más sabio y al joven Arturo le pareció imposible contestarla. Con todo, aquello era mejor que morir ahorcado, de modo que regresó a su reino y empezó a interrogar a la gente. A la princesa, a la reina, a las prostitutas, a los monjes, a los sabios y al bufo de la corte... en suma, a todos, pero nadie le pudo dar una respuesta convincente. Eso sí, todos le aconsejaron que consultara a la Vieja Bruja, pues solo ella sabría la respuesta. El precio sería alto, ya que la Vieja Bruja era famosa en todo el reino por el precio exhorbitante que cobraba por sus servicios.

Llegó el último día del año convenido y Arturo no tuvo más remedio que consultar a la hechicera. Ella accedió a darle una respuesta satisfactoria a condición de que primero aceptara el precio: Ella quería casarse con Gawain, el caballero más noble de la Mesa Redonda y el más íntimo amigo de Arturo. El joven Arturo la miró horrorizado: era jorobada y feísima, tenía sólo un diente, despedía un hedor que daba náuseas, hacía ruidos obscenos. Nunca se había topado con una criatura tan repugnante. Se acobardó ante la perspectiva de pedirle a su amigo de toda la vida que asumiera por él esa carga terrible. No obstante, al enterarse del pacto propuesto, Gawain afirmó que no era un sacrificio excesivo a cambio de la vida de su compañero y la conservación de la Mesa Redonda.
Se anunció la boda y la vieja bruja, con su sabiduría infernal, dijo: Lo que realmente quiere la mujer es: "Ser la soberana de su propia vida". Todos supieron al instante que la hechicera había dicho una gran verdad y que el jover rey Arturo estaría a salvo.

Así fue, al oír la respuesta el monarca vecino, le devolvió la libertad.

Pero, menuda boda fue aquella... Asistió la corte en pleno y nadie se sintió más desgarrado entre el alivio y la angustia que el propio Arturo. Gawain se mostró cortés, gentil y respetuoso. La vieja bruja hizo gala de sus peores modales: engulló la comida directamente del plato sin usar los cubiertos, emitió ruidos y olores espantosos.
Llegó la noche de bodas. Cuando Gawain, ya preparado para ir al lecho nupcial, aguardaba a que su esposa se reuniera con él, ella apareció con el aspecto de la doncella más hermosa que un hombre desearía ver. Gawain quedó estupefacto y le preguntó qué había sucedido. La joven respondió que como había sido cortés con ella, la mitad del tiempo se presentaría con su aspecto horrible y la otra mitad con su aspecto atractivo.
¿Cuál prefería para el día y cuál para la noche? Qué pregunta cruel. Gawain se apresuró a hacer cálculos. ¿Quería tener durante el día a una joven adorable para exhibirla ante sus amigos y por las noches en la privacidad de la alcoba a un bruja espantosa? o ¿prefería tener de día a una bruja y a una joven hermosa en los momentos íntimos de su vida conyugal...?

Usted, ¿qué hubiera preferido, qué hubiera elegido?

La elección que hizo Gawain está más abajo, pero antes de leerla, toma tu decisión.
El noble Gawain replicó que la dejaría elegir por sí misma. Al oír esto, ella le anunció que sería una hermosa dama de día y de noche porque él la había respetado y le había permitido ser dueña de su vida.

¿Cuál es la moraleja? La moraleja está más abajo, pero antes de leerla, piensa en ello.

(la respuesta, al final del día)

je :-P


(extraído de "El_sabio_brownie", una comunidad de Pobladores)

Si Dios fuera mujer...

Si Dios fuera mujer...

"¿y si Dios fuera una mujer?"
-Juan Gelman

¿Y si Dios fuera mujer?
pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer
es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza
y dijéramos sí con las entrañas.

Tal vez nos acercáramos a su divina desnudez
para besar sus pies no de bronce,
su pubis no de piedra,
sus pechos no de mármol,
sus labios no de yeso.

Si Dios fuera mujer la abrazaríamos
para arrancarla de su lontananza
y no habría que jurar
hasta que la muerte nos separe
ya que sería inmortal por antonomasia
y en vez de transmitirnos SIDA o pánico
nos contagiaría su inmortalidad.

Si Dios fuera mujer no se instalaría
lejana en el reino de los cielos,
sino que nos aguardaría en el zaguán del infierno,
con sus brazos no cerrados,
su rosa no de plástico
y su amor no de ángeles.

Ay Dios mío, Dios mío
si hasta siempre y desde siempre
fueras una mujer
qué lindo escándalo sería,
qué venturosa, espléndida, imposible,
prodigiosa blasfemia.

(Mario Benedetti)

El Discurso de la Felicidad

El Discurso de la Felicidad

"El gran secreto para que el amor no nos haga desgraciados es tratar de no tener disputas con el amante, no manifestarle nunca solicitud cuando se enfría, ser siempre un grado más fría que él.Es algo que no nos lo devolverá, pero nada nos lo podría devolver: no hay nada que hacer, salvo olvidar a una persona que nos deja de amar.
... Es necesario que la razón aporte su consejo, no la razón que condena todo tipo de compromiso como contrario a la felicidad, sino la que, concediendo que no se puede ser demasiado feliz sin amar,busca que sólo amemos para nuestra felicidad...No hay que avergonzarse de haberse equivocado, hay que curarse, cueste lo que cueste, y sobre todo, hay que evitar la presencia de un objeto que no puede sino estremecernos, hacernos perder el fruto de nuestras reflexiones: porque en los hombres la coquetería sobrevive al amor; no quieren perder ni su conquista ni su victoria, con mil coqueterías saben reavivar un fuego mal apagado y mantenernos en un estado de incertidumbre tan ridículo como insoportable. Hay que cortar por lo sano, hay que romper sin retorno; es necesario, dice el señor de Richelieu, romper la amistad y desgarrar el amor... En la edad madura, la razón debe entrar en juego, a ella le corresponde hacernos sentir que debemos ser felices, cueste lo que cueste."

(Madame du Châtelet, El Discurso de la Felicidad)

El viaje que no hice

El viaje que no hice

No, no fui. Tendría que haber ido este fin de semana, pero devolví el billete y anulé la reserva del hotel. No pasa nada, la ciudad seguirá allí y yo iré pronto a ella, porque soy adicta a sus calles y a sus gentes, y llevo más de un año con mono.
Pero no ahora. Ahora prefiero quedarme en casa, escuchando la lluvia en los cristales.
Es una decisión.
Me quedo en mí. No salgo a buscar nada. Tengo todo lo que necesito, incluso más de lo que necesito. Sólo que no está esa ciudad entre mis pertenencias. Ni lo que la ciudad contiene. Y no está porque, para mí, su precio es demasiado caro. Es la auto-anulación. De la cual no culpo a nadie, por supuesto, ya que soy la responsable de mis auto-anulaciones y de mis auto-lo que sea.
En ese viaje hubiera faltado algo esencial en mi equipaje: yo.
Sin embargo, para ser del todo sincera, hace un rato he soñado con la ciudad (y con lo que contiene) y ha sido un sueño muy feliz. Tal vez ese es su lugar en mi vida: el sueño.
Por lo tanto, escucho a mi corazón y me quedo.
Mi corazón, donde vive una niña herida, a la que debo cuidar y proteger.

Música de LLuvia

Música de LLuvia

Está lloviendo.

Tú dices que es demasiado tarde,

pero yo miro la palma de mi mano

y veo un continente por descubrir.

Agárrate a mí: es hora de empezar.

Podremos bailar por los rincones

del recuerdo, hasta que escampe.

Así, cuando vuelvan las sombras,

nos encontrarán abrazados

y el piano no habrá dejado de sonar.

Como la lluvia en los cristales.

Toda la noche.

Una Antigua Costumbre

Una Antigua Costumbre

Contaba Herodoto de Halicarnaso , aunque nadie le creyó jamás, una curiosa costumbre del pueblo perdido de los etíopes nabucos.
Cuando un etíope nabuco llora el recuerdo de algo que, aun a pesar de que nunca existió, le es muy querido (como un sueño o un amor eterno), trenza una cesta con mimbres de los cañaverales del Nilo.
Dentro, forma un mullido lecho de pétalos blancos de loto, en cuyo centro susurra el nombre de su querido recuerdo.
Después, ata a la cesta pequeños lazos de seda, de todos los colores del arcoiris.
Vierte ciento diez lágrimas sobre ella, y, en una noche de luna llena, la deja ir para siempre, flotando sobre las aguas del río.
Si algún otro etíope nabuco, paseante nocturno de la ribera, ve pasar una cesta de los recuerdos que nunca existieron, murmura una canción y disimula.

Una Casa de Piedra

Con muros gruesos y una fila de balcones en la fachada del primer piso. Un jardín abajo, un jardín rodeado de un seto para preservar la intimidad de sus moradores, con su cartel en la verja de entrada: "Cuidado con el perro". Parapetada de granito, sólida como el sillar maestro de una catedral.
Es la casa donde transcurrió gran parte de mi infancia.
En ese primer piso de los balcones, viví con mis padres, y luego, años más tarde, pasé las vacaciones de verano con mi abuela.
Desde las ventanas traseras, se podía ver la Sierra de Guadarrama cercana. Mi abuela me contaba allí la leyenda de la Mujer Muerta, que da nombre a un grupito de montes. Una historia que no recuerdo, aunque sí el espanto que le causaba a mi imaginación infantil.
Allí pasé días felices jugando con mis primos, Luis y Jose Antonio.

Pero esto fue en la época de mi abuela Amelia, que era una persona muy,muy especial.

Antes de eso, en la época de mis padres, la cosa resulta bastante más misteriosa y legendaria.
Yo no nací en esa casa, porque nací en un hospital. Pero allí vivíamos cuando vine al mundo. De manera que su interior es la primera imagen de la realidad que guardo bajo los estratos de la memoria enterrada.
Por el entarimado de su largo corredor de madera, comencé a caminar a gatas. Sé que lo recorría de principio a fin una vez, y otra, y otra. Ida y vuelta. Al final de cada viaje estaba mi madre, en la cocina. Pero, cuando llegaba, ella me daba media vuelta y....jaja...¡otra vez a empezar!
Sé que odiaba al gato. El gato era mi enemigo natural, ya que competíamos por el dominio del corredor. Seguramente él pensaba que yo era otro animal doméstico que le quitaría la comida y el territorio. Así que me arañaba, el muy cabrón.
Yo me consolaba comiendo cositas del suelo. Pero tampoco este goce de los sentidos me duró mucho, porque mi madre se percató de mi precoz drogadicción y me puso unos calcetines en las manos, para que no anduviera hurgando en los entresijos de las tablas.
Me vengué pintando de verde la puerta de entrada, un día que los mayores se habían dejado brochas y pintura abandonadas mientras comían.
Luego encontré a mi primer amor: la muñeca Cirila. No la recuerdo tampoco, sólo es un referente de historias familiares. Eso sí: sé que era calva porque yo la rapé al cero. Bien, lo cierto es que terminó por tener un aspecto repulsivo, pero yo la amaba con la misma pasión que si hubiera sido la muñeca de porcelana con rizos de oro más preciosa del mundo. O con más, con más pasión.
En aquella época, en Collado Villalba no había agua corriente en muchas casas. En la mía no lo había.
Recuerdo los cántaros del agua de beber.
Y los viajes al río, con mi madre, a lavar la ropa.
Mi madre rompía el hielo del río con una piedra para hacer la colada. "Mariconadas las mínimas" podría ser un buen lema familiar. El problema es que, cuando comenzamos a vivir en la civilización, mi madre parecía conservar una singular nostalgia de las épocas tribales y me enseñó la manera siempre más incómoda y dura de hacer las cosas. Bueno, ese es otro tema.
Y, bien mirado, me ha servido bastante ese aprendizaje. O no, yo qué sé.

El caso es que ayer llevé a mi hija a conocer esa casa. Por fuera, claro.

A ella le fascinó. A mí también me fascina.

¿Se podrá alquilar?

Parece que no la habita nadie. Excepto el fantasma de mi abuela Amelia, claro.

Tal vez va siendo hora de un reencuentro familiar.

Y lo digo totalmente en serio, no es coña.

El Recurso de la Hormona

(o la culpabilización de la Primavera)

Vengo observando, desde hace algún tiempo, esa reacción estúpidamente común a muchos varones de mi generación. Bueno, y a algunas mujeres, las cuales (quiero creer) no se han parado a pensar en la animalada que están diciendo de sí mismas.
Digo varones de mi generación porque ocurre menos, o yo no lo he detectado, con los que son más jóvenes.
Pongamos que mi generación es la que nació en los sesenta, para entendernos.
Y digo "muchos" varones porque no son todos, afortunadamente.
Son sólo los más listos y enterados de las cosas psicológicas de la vida y tal. Bueno, conozco a un camionero que ha aprendido en el mundo real y les da mil vueltas a los lectores, relectores y sabihondos de toda laya que no han asimilado ni una palabra de los libros que se han tragado enteros sin digerir. Y no han asimilado ni una palabra porque sus propios mecanismos de defensa no se lo han permitido. Porque sólo leen para autoafirmarse en sus cuatro estereotipos de andar por casa, con los que van mal-funcionando desde que tenian diecisiete años; manteniendo, en cambio, los ojos y las orejas bien cerrados a todo lo que pudiera enseñarles que se equivocan. Así que es como si no leyeran: o peor, porque se aprenden de carrerilla categorías, frasecitas y definiciones que les vienen al pelo luego, cuando les conviene aplicarlas traídas por los pelos.

Estoy hablado del recurso de la hormona o la culpabilización de la primavera.

Resulta pasmosamente común todavía (y lo que nos queda por delante, me temo) que una mujer exprese su indignación y enfado ante el comportamiento deficiente de un hombre y éste, en lugar de poner ni por un segundo en tela de jucio su propia manera de actuar, presuma, con toda la sospechosa inmediatez de quien se siente pillado en falta, que la mujer es víctima de sus estrógenos o de algún alboroto psíquico atribuible al cambio de estación. Y así se lo manifieste, por lo general con sonrisita de suficiencia.

Y lo cierto es que esa acusación tan descalificadora e injusta, no pretende sino imponer la sumisión a la mujer. Ya que no es tan fácil hoy en día, en los países occidentales, silenciar a las mujeres bajo un velo que las haga desaparecer como personas con criterio y sentimientos propios, se procede a descalificar sus palabras por el repugnante procedimiento de hacer creer que son víctimas de una locura transitoria que invalida el contenido de lo que están diciendo.

Pues no.

Piensen lo que les parezca, señores. Mi endocrino está muy contento con el funcionamiento de mis hormonas y la primavera, mayormente, lo que me produce es una alergia al polen de tres pares de huevos.

Claro que yo tengo agravante. Y aquí paso a personalizar y a contar mi vida. Vida que a mí me mola mucho, pero que a otros no les debe parecer tan molona.

Señoras y señores: soy culpable.

¿Por qué soy culpable?

Pues muy sencillo: porque sufrí un episodio depresivo, con tratamiento psicológico y farmacológico (Prozac, PROZAC, repito,por si no se lee bien). Esto, por supuesto, me convierte en una gilipollas crónica que no sabe lo que está diciendo. Ergo: si me engañan, me ningunean, o insultan a mi inteligencia de cualquier forma, lo que tengo que hacer es callarme y aguantarme, que para eso soy culpable.

Porque, faltaría más, existe una espada de Damocles sobre mi tonta cabecita, y es la eterna sospecha de que no sé lo que estoy diciendo: las hormonas, la primavera, la depresión, la medicación, la no-medicación, la psicóloga, el no haber acudido esta semana a la psicóloga, o cualquier otro factor derivado de mi debilidad mental, es lo que habla por mi boca.

Y no yo, legítimamente herida o cabreada. No, eso no. ¿cómo va a ser eso?

Soy mujer, luego estoy loca por culpa de las hormonas.

Soy sensible, luego estoy loca por culpa de la primavera.

Soy paciente de psicoterapia, luego estoy loca sin más.

Para colmo, tengo carácter, siempre lo he tenido, apañada estaría si no lo tuviera, y no me dejo aplastar ni por la madre que me parió. Por lo tanto, tengo muy mala leche y soy una borde. ¡Ah!: y una malhablada.

¿Y lo comodísima que resulto para todo el que me quiera hacer una putada? ¿Eh? Para todo el que se quiera sentir listo e interesante sin serlo. Para todo el que quiera tener razón a toda costa sin tenerla. ¿En qué otro lugar del mundo se la darán más que conmigo? Porque, claro, si yo no se la doy, como estoy loca...Ah...pues eso, que estoy equivocada.¡ Claro, claro, como está loca la pobre...!

Vamos, si deberían hacerme un monumento.

O pagarme por lo menos, coño.

Lo dicho: El Recurso de la Hormona. Acuño el término como la quintaesencia de la estupidez humana, cuando quiere simular listeza.

Hoy en el gimnasio

Hoy me he parado en el gimnasio, mientras esperaba a que terminara mi amiga, para marcharnos juntas.

He contemplado, por unos segundos, a los humanos que me rodeaban, con la misma atenta dedicación con que puedo mirar a los animales de un zoo, o a los peces de un acuario. Esto no es nada peyorativo: adoro y admiro a los animales (sobre todo a los que tienen la piel moteada, aunque este detalle, dirán los que me conocen, es una de mis rarezas propias de animal moteado).
He pensado en cómo la vida y los sucesos nos modelan físicamente. Al igual que las arrugas de un rostro evidencian sufrimientos y trabajos de años y años, las barrigas, los músculos fláccidos, los hombros cargados, los andares de pato, son mensajes tan claros, que casi asusta el hecho de que mostremos tanto de nosotros mismos en cada uno de nuestros gestos y nuestros cuerpos. Y lo mismo ocurre con el caso contrario, claro: los cuerpos duros, los abdominales lisos, la gracia y la esbeltez extremas. Sólo que, en este último caso, la verdad: me siento menos humanamente interesada. Cuestión de gustos.

Y, con todos mis defectos, me he querido tanto en ese instante, me he gustado tanto, que he estado a punto de abrazarme allí mismo.
Todo porque, en ese abrazo que me doy, siento con toda mi alma que asumo mi porqué. Mi por qué soy así, de esta manera y no de otra. Entiendo de qué desamor nació cada michelín; de cuántos momentos de amor, con mi hija en brazos, nació la costumbre de balancearme de derecha a izquierda cuando estoy distraída; entiendo los miles de horas de dedicación a mi trabajo que hicieron nacer esa contractura crónica que tengo en el hombro; entiendo de qué desaforada pelea de superviviente ha nacido cierto gesto de atención alerta de mi cabeza; y cuántos pasos por cientos de caminos me ha costado mi personal manera de apoyar la planta de los pies en el suelo.

Y por todo eso, porque todo eso es mío y de nadie más, me quiero y me gusto un montón. Y, porque me he dado cuenta en ese segundo de descanso en el gimnasio de que, a todos los que estaba allí conmigo, la vida les ha moldeado también, he sentido afecto y gusto por ellos. Sólo por eso, por ser personas.

Bueno, ya sé que parezco un anuncio de Adidas y tal, pero...Así están las cosas. :-))

¿Es que no oís los gritos?

QUEREMOS LA VERDAD YA

Eterna Sombra

Eterna Sombra

(Miguel Hernández)

Yo que creí que la luz era mía
precipitado en la sombra me veo.
Ascua solar, sideral alegría
ígnea de espuma, de luz, de deseo.

Sangre ligera, redonda, granada:
raudo anhelar sin perfil ni penumbra.
Fuera, la luz en la luz sepultada.
Siento que sólo la sombra me alumbra.

Sólo la sombra. Sin rastro. Sin cielo.
Seres. Volúmenes. Cuerpos tangibles
dentro del aire que no tiene vuelo,
dentro del árbol de los imposibles.

Cárdenos ceños, pasiones de luto.
Dientes sedientos de ser colorados.
Oscuridad del rencor absoluto.
Cuerpos lo mismo que pozos cegados.

Falta el espacio. Se ha hundido la risa.
Ya no es posible lanzarse a la altura.
El corazón quiere ser más de prisa
fuerza que ensancha la estrecha negrura.

Carne sin norte que va en oleada
hacia la noche siniestra, baldía.
¿Quién es el rayo de sol que la invada?
Busco. No encuentro ni rastro del día.

Sólo el fulgor de los puños cerrados,
el resplandor de los dientes que acechan.
Dientes y puños de todos los lados.
Más que las manos, los montes se estrechan.

Turbia es la lucha sin sed de mañana.
¡Qué lejanía de opacos latidos!
Soy una cárcel con una ventana
ante una gran soledad de rugidos.

Soy una abierta ventana que escucha,
por donde ver tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.