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Se muestran los artículos pertenecientes a Octubre de 2004. Sin concha Alguien me ha esemeseado hoy : "¡Perezosa! Cinco días sin escribir en tu blog". Vale, peeeero.... he adelgazado cinco kilos en un mes. Hasta el cerebro me ha adelgazado, creo yo. Y no se puede estar a todo, joven. ( Ojalá me adelgace el cerebro. Yo quiero ser descerebrada.) De todas maneras, la moda de este otoño en mi domicilio es no agobiarse. Yo fomento en estos días un sentirme ligera e indiferente a todo, como si fuera un condón -con dobladillo- en lo alto de la cabeza de Dumbo. Pasando de todo y a mirar cómo los elefantes menean las orejas. Y eso que a veces me acuerdo de lo que sucederá en un futuro no lejano: que seré relegada al olvido cuando ya no resulte necesaria. Como siempre. Y no sé si esto se ha convertido en un proceso inevitable; en una realidad cíclica, dolorosa, cíclica, dolorosa, cíclica.... O si soy yo, que creo sentirme ligera e indiferente y en realidad estoy tan vulnerable como un caracol sin concha. De ser así, ya no puedo defenderme. Ni tendré ganas de sentir enfado. Cualquier soplo de viento será capaz de tumbarme. La opinión ajena "Yo creo que, en general, dejando aparte la opinión de los expertos, se hace demasiado caso a las opiniones de otros... Como regla básica, uno debe respetar la opinión pública lo justo para no morirse de hambre y no ir a la cárcel, pero todo lo que pase de ese punto es someterse voluntariamente a una tiranía innecesaria.No tiene sentido burlarse deliberadamente de la opinión pública; eso es seguir bajo su dominio, aunque de un modo retorcido. Pero ser auténticamente indiferente a ella es una fuerza y una fuente de felicidad. ...Ya no hay necesidad de depender de los vecinos inmediatos para tener vida social. Cada vez es más posible elegir las compañías en función de la afinidad. La felicidad es más fácil si uno se relaciona con personas de gustos y opiniones similares...podemos confiar en que de este modo se reduzca poco a poco, hasta casi desaparecer, la soledad que ahora aflige a tantas personas no convencionales. Indudablemente esto aumentará su felicidad, pero también está claro que reducirá el placer sádico que los convencionales experimentan ahora teniendo a los excéntricos a su merced. El miedo a la opinión pública, como cualquier otra clase de miedo,es opresivo y atrofia el desarrollo. Mientras este tipo de miedo siga teniendo fuerza, será difícil lograr nada verdaderamente importante, y será imposible alcanzar esa libertad de espíritu en que consiste la verdadera felicidad, porque para ser feliz es imprescindible que nuestro modo de vida se base en nuestros propios impulsos íntimos y no en los gustos o los deseos accidentales de los demás." (Bertrand Russell. La Conquista de la Felicidad) Caricia Dormitaba y soñó con una caricia.Percibió el contacto de una mano recorriendo despacio su espalda. Una mano suave, con dedos que crepitaban como el papel de hacer farolillos. Prefirió seguir durmiendo. La sensación persistió, aunque disfrazada: peces diminutos agitaban las aletas nadando en el estanque en que se había transformado su cuerpo. En su sueño, la caricia se confundía con el placer que le llegaba desde dentro de sí, como inoculado al revés. Sonrió. Despertó. Era verano. El sol de la mañana se reflejaba en la pared del dormitorio y llegó hasta sus oidos el rumor de las olas a través de la ventana abierta. ¿Quién estaba a su lado? Tarde o temprano tendría que volver la cabeza para mirar. Borró su sonrisa. Pensó que las caricias deberían tener vida propia, no haber nacido de la voluntad de nadie, no proceder de ninguna mano real. Ser sólamente hijas de los sueños. Peró al fin volvió la mirada y descubrió que quien acariciaba su espalda se había marchado. Con gran alarma, percibió que deseaba salir en su busca. 10 de Octubre Frío.Ha empezado. Lo hemos inaugurado con Ibuprofeno y sus correspondientes imágenes oníricas: un asesino psicópata andaba suelto, por ahí, por alguna parte, y yo tenía que construir un tejado. Bonitas tejas rojas sobre una estructura de cabaña. Pero esto sólo son sueños químicos. En realidad el malo está por dentro. Respiro con calma, me relajo, floto en el agua tibia, me como una maravillosa ensalada de tomate, lechuga, gorgonzola, pollo, orégano... Luego tomo Ibuprofeno. La niña de los ojos verdes me abraza y me duermo, mirando la lluvia. Me abrazan por el móvil también. Qué bueno. Me pierdo en el edredón y el mundo se queda atrás. Me duelen los muslos y la espalda, pero también el dolor se difuminará, al menos hasta que despierte. El día se ha vuelto hacia las profundidades. Ya no se le puede rescatar. Aunque, tampoco hay mucho que hacer ahí fuera. Sólo asar dos manzanas con azúcar y canela y ver una película en la tele. ¿Por qué (nos) está ocurriendo esto? ¿Y cuánto tiempo llevaba sucediendo, antes de que empezara(mos) a ser conscientes de nuestro cuerpo? Tengo ganas de navegar por el Egeo. La Catedral Algunas veces pienso en qué estará ocurriendo ahora, durante este preciso instante, en el interior de aquella Catedral gótica que visité con luz de día.Cómo el drama del tiempo hará crujir las tallas de madera. O propiciará un goteo lánguido, repetido e insistente desde cierta mancha de humedad que pasa desapercibida para los turistas. Cómo silbará el viento entre los fragmentos agujereados de una vidriera, y cómo ese mismo viento agitará la túnica y el cabello de una imagen que parecerá cobrar vida de repente. No sé si se habrá escrito el relato de terror en el cual el protagonista cierra los ojos en su cama, a oscuras en su habitación, y, cuando los vuelve a abrir, se encuentra inexplicablemente encerrado en el interior desierto de la Catedral. Rodeado de miradas fijas de Cristos cubiertos de sangre y de Vírgenes que, desde sus tristes pupilas intensas, volcarán sobre él toda la culpa del mundo. Presa del pánico, el protagonista correrá de inmediato hacia el enorme portón cerrado y golpeará desesperado la madera con los puños. Se aferrará a esa puerta carcomida. Gritará. Pero comprenderá en seguida que el eco de su propia voz resulta todavía más aterrador y que ya no se atreve a mirar a su alrededor siquiera, porque sabe (sabe, sí) que las imágenes han cambiado de lugar y de postura a sus espaldas. Entenderá que está solo. Solo en su indefensión humana. Entenderá que ellos, esas formas de vida hechizadas, han decidido hacerle saber que es un intruso y que será brutal, caprichosamente castigado. Y enloquecerá con las uñas clavadas en la hoja de madera. Enloquecerá de miedo. Sólamente de miedo, pues, ¿qué le hubiera impedido destrozar las imágenes, pegarles fuego, romper las vidrieras, huir, negarse al sacrificio del terror supersticioso? Nada. Pensamos, desde la seguridad engañosa del salón de nuestra casa, que nada. De modo que el protagonista, seamos sinceros, tal vez ya estaba loco antes de abrir los ojos en la Catedral, cuando los cerró en su lecho. Por eso, al amanecer, las beatas que acuden a la primera misa del día no descubren nada extraño en el templo. Desde luego, ningún hombre yace agarrotado de pánico junto a la portada principal. Cada objeto sagrado permanece en su lugar, constelado en su preliturgia inamovible, eterna, como las estrellas que, para su solaz, puso en el Cielo el Creador. Ahora bien, desconocemos si esta ausencia de rarezas se debe a que el hombre nunca estuvo allí, ni salió siquiera de su cama. O a que unas manos pías retiran cada amanecer los cadáveres de los muertos de miedo en la Catedral. Orillas Vivían en las orillas del Gran Río. En orillas opuestas: nunca llegaron a tocarse. Sólo se hablaban, se hablaban mucho, años de conversación acumulados.Y se miraban, casi siempre sonriendo. Alguna vez, uno de los dos propuso cruzar el cauce para ir al encuentro del otro. Pero el cauce les parecía demasiado peligroso. Los remolinos, asesinos invisibles, succionaban a los nadadores hacia el fondo, donde sus pies quedaban atrapados entre las algas y ellos jamás volvían a emerger a la superficie, sino que vegetaban como sombras arrastrándose para siempre entre las arenas del lecho. Al menos eso creían los dos, bien porque lo habían soñado o bien porque los ancianos de sus respectivas aldeas se lo habían relatado. De modo que transcurrieron los años y ellos jamás se decidieron a cruzar al otro lado. Cuando llegaron a la edad adulta, comenzaron las ausencias. Las obligaciones y las pasiones los mantenían lejos de la ribera. Siempre terminaban volviendo, pero cada vez con menor frecuencia. Y, sobre todo, cada vez coincidían menos. Cuando alguno de ellos se sentía solo, desdichado o enfadado con el mundo, con o sin motivo, añoraba al otro y acudía al Río. Pero justo entonces el otro era feliz en su aldea y ni siquiera recordaba que el Río existiera, más que, quizá, en alguna tenue ráfaga de sueño cuyo recuerdo desaparecía en cuanto despertaba. Luego terminaron los años del ruido. Perdieron todo aquello que se suele perder: la juventud, la fuerza, el entusiasmo del amor. Perdieron personas y cosas insustituibles y entonces sí retornaron los dos al Gran Río. -Una cosecha próspera este año.- dijo uno de ellos a modo de saludo, nada más ver al otro tomar asiento en la hierba de enfrente. -Para los jóvenes.-dijo el otro.-Nosotros ya hemos terminado con aquel asunto de la hoz. -Extrañaba estas mañanas en el Río. -Yo también. ¿Mereció la pena ausentarse de la orilla? La pregunta quedó sin respuesta, mientras las miradas de ambos ancianos se perdían en las aguas oscuras, como si fueran las de una sola persona. Tengo una rana masajista Ayer iba yo a hacer la compra en el Hipercor, cuando una encantadora señorita me salió al paso para ofrecerme un aparatito de masajes con forma de animalito. He de decir que, escasamente media hora antes, me había hecho un corte con un cuchillo en un dedito de la manera más tonta. No había nadie en casa para consolarme de mi espantosa herida, asi que acogí aquel consuelo mercenario con alborozo.Otras veces ni caso he hecho a las vendedoras de bichitos masajistas, pero ésta llegó en buen momento y era encantadora, razones por las cuales le permití que me hiciera una prueba. ¡Joerrr, qué cosquillas! La gente se quedaba mirando porque me daba mucha risa, con saltitos y ayayayquécosquillas, y, claro, la chica se partía de verme. Otro espectáculo gratis que proporcioné a mis conciudadanos. Claro que le compré el bicho. Me encantó. Una rana, por supuesto. Bueno, las mariquitas eran monas, pero es que hace poco me he comprado un sujetador con estampado de mariquitas y mucho mariconeo ya. Tratándose de mí, que soy anfibia como sabe todo el planeta, tenía que ser una rana. Por razones que no hacen al caso, me vienen ahora a la memoria los gilipollas que hay por el mundo. Pareceré despiadada, pero cuán preferible es mi rana masajista a un gilipollas. Suele pensarse que, por el simple hecho de ser uno un bípledo implume medio evolucionado del australopithecus, se goza de más derecho a ocupar un espacio en el Universo, y en la vida de las buenas personas, que un aparato de pilas. Craso error. Con mi rana relajo mis músculos y doy masaje a mi niña en su espaldita cansada de llevar la mochila. Y además es monísima, de un verde esmeralda precioso. Y el rato que pasé con aquella chica encantadora del Hipercor, siempre será un grato recuerdo asociado a mi bichito mecánico. ¿Y un gilipollas qué proporciona, aparte de quebraderos de cabeza y disgustos? En fin, que no me vea yo en la tesitura de tener que elegir entre cortar el suministro de oxígeno a un gilipollas o las pilas a mi rana. Y eso es lo que hay. (La imagen no tiene nada que ver, es que me gusta a mí) Antiguos Seres Los carpetanos celtibéricos adoraban, desde tiempos inmemoriales, a un ser femenino a quien los romanos identificaron con Diana.Dicho ser femenino, cuyo nombre hemos perdido, moraba en bosques, arroyos y fuentes, acompañada por un cortejo de jóvenes que nuestros invasores asimilaron, a su vez, a las ninfas. Diana y ninfas sólo son tranquilizadoras denominaciones para bien pensantes ciudadanos latinos. Pero nada más lejos de las risueñas efigies clásicas. Hablamos de criaturas salvajes. De canciones como roncos gemidos que hielan la sangre de los hombres que espían. De lobos que se acercan a la hoguera, en las noches de luna llena, para prestar la caricia de su piel a seres adormecidos en brumas de hierba. En todas partes, esa Diana agreste tuvo un mellizo bello y tenebroso. Armado con flechas y envuelto en pieles, mostró su sonrisa feroz entre los etruscos; fue llamado el Lobo Oscuro entre los griegos primitivos y Siegmund donde ella se llamó Sieglinde. Aquí se ha perdido. No sólo su nombre: hasta su recuerdo ha sido borrado. Tal vez yace en lo profundo de la Sima del Destino, cerca del río de muchos ojos, allá donde descendió a buscarle el buen caballero loco. Tal vez la desdicha le volvió doliente y languideció entre las tumbas de la catedral. Puede que su no-nombre se murmurara al oído de los niños que duermen poco. Quedan piedras, inscripciones, mañanas de San Juan. Un héroe y una espada. Un amor inmortal y prohibido que se forja, incandescente, en el yunque del dolor más terrible. Daban mucho miedo los mellizos divinos, los mellizos salvajes. Aún dan mucho miedo. Suéñame Suéñame,mientras duermes rodeada de nubes que cobijan el germen de un rayo. Suéñame, desde el círculo de pálido fuego prendido en tus cabellos de alba como un ascua nevada sobre el horizonte. Mirada de abismo que usurpaste el lugar de la Luna y del Sol: suéñame desde las profundidades del tiempo, cuando todavía no han nacido las cosas, cuando aún no han sido modeladas las sombras. Mírame: estoy atrapado detrás de la puerta. Suéñame. Créame pronto y sácame de la nada. Constrúyeme. Pronuncia mi nombre para que mi nombre signifique algo. Añórame, haz que consiga escapar de esta muerte. Invéntame. Suéñame. Amelia, 27-10-2004. (Para Reto I de maru-maya) |
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